Editorial Netzaj
Sabiduria Judia Eterna en Tus Manos
 

 





















 

 

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HISTORIAS PARA REFLEXIONAR
(del libro Sopa de Pollo para la Neshama)
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Agradecimiento

Una pareja de israelíes elogiaba a su único hijo, recién fallecido, con gran emoción. Los congregantes en la sinagoga escuchaban con compasión mientras la pareja hablaba del carácter especial del niño, su aprecio por la vida y su profundo amor por la Tierra de Israel. Poco después de que cumplió sus diecinueve años fue brutalmente asesinado mientras defendía a su amada Tierra. Es por ello que en memoria de su hijo los padres dieron una generosa donación a la sinagoga.

Luego de este acto una mujer de la concurrencia se volteó a su esposo y susurró: “Donemos la misma suma por nuestro hijo”.

“¿De qué hablas?” Preguntó el padre. “¡Nuestro hijo no ha muerto!”

“Por eso mismo”, replicó la madre. “¡Demos caridad porque se salvó y está vivo!”

Amistad

Mientras un exhausto viajero andaba por el camino notó una hoja seca y marchita. Al levantarla quedó sorprendido por el agradable aroma que de ella emanaba.

“¡Oh, pobre hoja marchita!” Exclamó. “¿De dónde obtuviste este exquisito perfume?”

“Por mucho tiempo he estado en compañía de una rosa”, fue la respuesta.

 

Amor

Cierta vez, un pescador pescó un salmón. Al ver su extraordinario tamaño exclamó: “¡Maravilloso! Se lo llevaré al Barón. El ama el salmón”.

El pobre pez trataba de consolarse a sí mismo: “Aun tengo esperanza”, decía.

Al llegar a la mansión, el guardia de la entrada le preguntó: “¿Qué llevas allí?”

“Un salmón”, contestó el pescador con orgullo.

“¡Excelente!” Dijo el guardia. “¡El Barón ama el salmón!”

Al escuchar estas palabras, corroborando lo dicho por el pescador, el pez se sintió más aliviado. Aún tenía esperanzas de vivir: el Barón ama el salmón.

El pez fue llevado a la cocina donde todos los cocineros comentaron lo mucho que al Barón le gusta el salmón. Lo colocaron en una bandeja especial y lo llevaron a la mesa. Cuando el Barón entró, inmediatamente ordenó: “¡Corten la cola, separen la cabeza y rebanen el resto!”

Con su último aliento, el pez gritó desesperado: “¿Por qué mientes? Si tú realmente me amas, cuídame y déjame vivir. ¡Tú no amas al salmón; tú te amas a ti mismo!”

Armonía

Con paciencia e inteligencia, un maestro enseñaba a su joven alumno a leer la Torá.

El maestro le explicaba: “Cuando veas dos letras ‘yud’ juntas en el texto no leas la palabra tal como aparece escrita, pues este es el nombre santo de Di-s. En su lugar, di ‘Hashem’, que significa ‘el nombre de Di-s’”.

Con ello en mente, el niño intentó leer los versículos. Al final de cada uno el maestro quedaba desconcertado al escuchar al niño decir siempre: ‘Hashem’.

“¿Dónde ves el nombre de Di-s al final de cada versículo?” Preguntó el maestro.

El niño inocentemente señaló los dos puntos que aparecen al final de cada versículo, que en realidad denotan la culminación del mismo y son usados para separar uno de otro.

El maestro sonrió. Le dijo: “Querido joven, el judío es representado por la letra ‘yud’. Cuando dos ‘yud’ aparecen una al lado de otra, en unidad y armonía, Di-s está alegre y mora allá. Estas son las dos ‘yud’ que se pronuncian como el nombre de Di-s. Pero si un judío se para sobre su compañero, y no convive en armonía con él, Di-s no desea residir con él. Estas son las dos ‘yud’ - los dos puntos - al final de cada versículo, que representan la culminación y el fin; no el nombre sagrado de Di-s”.

 

Aspiración

Los niños se reunieron alrededor del árbol y comentaban entre sí qué tan alto era, y qué emocionante sería trepar a su copa. Optaron por jugar a ver quién podía trepar más alto sin caerse. Entre los niños participantes se encontraba el pequeño Menajem Mendel de cinco años, el futuro Rebe de Lubavitch. Su madre, la Rabanit Jana, observaba a los niños mientras jugaban.

Todos los niños lograron trepar, a duras penas, la mitad del árbol antes de caerse, mientras que Menajem Mendel alcanzó la parte más alta del árbol.

Más tarde, su madre le preguntó: “Mendel, ¿cómo lograste llegar tan alto mientras que tus compañeros fracasaron?”

“Fue muy fácil”, contestó el pequeño, “los otros niños veían sólo hacia abajo, y al advertir qué tan alto habían subido se mareaban y caían. En cambio, yo, mantenía mi mirada fija en lo alto, y cuando me percataba de lo bajo que me encontraba, seguía subiendo más y más hasta alcanzar la parte más alta”.

Ayuda

Cierta vez un niño se esforzaba tratando de mover un pesado armario de madera, pero sin éxito. Tiraba y empujaba con todas sus fuerzas, pero no podía moverlo si quiera un centímetro. Su padre, al pasar por allí, se paró para ver el fútil esfuerzo de su hijo. Finalmente el padre preguntó: “Hijo mío, ¿crees tú que estás usando todas tus fuerzas?”

“¡Sí, seguro!” exclamó el niño, ya desesperado.

“No”, dijo el padre calmadamente, “No lo estás. Aun no me has pedido que te ayude”.

 

Calor

Un día de invierno, un hombre descubrió una gruesa capa de escarcha en su ventana. Con mucho cuidado comenzó a rasparla.

“¿Qué haces?” Preguntó un curioso vecino.

“Estoy quitando la escarcha de mi ventana para poder ver afuera”, respondió el hombre.

El vecino, viendo lo tedioso del trabajo, le aconsejó: “¡Enciende una fogata en tu casa y verás cómo la escarcha desaparece por sí sola!”

Comienzo vs. Final

Luego de haber finalmente llegado a América, un inmigrante ruso se dio a la tarea de buscar trabajo para mantener a su familia. Luego de algún tiempo sin éxito, decidió abrir una pequeña tienda. Uno de sus amigos le aconsejó que, para atraer más clientes, colocara un cartel llamativo a la entrada de su tienda. Así que, siguiendo este consejo, mandó a hacer una gran pancarta que leía: “Gran Apertura”, y la colocó en un lugar visible para todos los que por allí pasaban.

Al día siguiente, el inmigrante observó que una gran masa de gente se aglomeraba alrededor de una tienda cercana. Se acercó para ver cuál era el motivo que causaba tal atracción y notó un gran cartel publicitario a todo color en la ventana de aquella tienda. Aunque no entendía inglés, se dio cuenta que aquel cartel contenía más palabras que el suyo. “Debo hacer un cartel igual a ese”, pensó, mientras escribía cuidadosamente cada palabra en un pedazo de papel. De inmediato mandó a elaborar otro cartel con esas mismas palabras para el día siguiente.

A la mañana siguiente, junto al aviso de “Gran Apertura” colocó con orgullo su nuevo cartel que leía: “¡Liquidación Total!”

 

Compasión

Rabí Akivá, el renombrado sabio Talmúdico, se preparaba para la boda de su querida hija con un cúmulo de emociones varias. Aunque había esperado ansiosamente este momento, una gran ansiedad envolvía su corazón. Muchos años antes, algunos astrólogos paganos le habían predicho que una serpiente venenosa mordería a su hija el día de su boda. El decidió no revelar su temor a nadie, y confiar en Di-s que su hija estaría a salvo.

El día de la boda llegó, y los invitados comieron y bailaron alegremente. En medio de la celebración un mendigo hambriento entró al salón y observó todas aquellas delicias. Pidió por comida, pero nadie le prestó atención.

Sólo la novia se percató de ello. Calladamente tomó su plato de comida y se lo dio al mendigo. Nadie notó su acto de bondad, ni se dio cuenta de que ella no había comido nada.

Aquella noche, la hija de Rabí Akivá se retiró a su habitación. Se quitó el prendedor de oro que aseguraba su velo y lo colocó en una grieta entre las baldosas que cubrían la pared.

A la mañana siguiente la novia quedó asombrada al ver una serpiente muerta atrapada debajo de su broche de oro. La serpiente estaba oculta, lista para morder a la novia. Pero ella la había matado antes sin querer con su prendedor.

Cuando Rabí Akivá oyó del incidente, recordó las palabras de los astrólogos paganos.

“Dime, querida hija, ¿qué acción especial realizaste ayer para merecer el favor de Di-s?”

Su hija contó lo sucedido con el mendigo y Rabí Akivá exclamó: “¡Por el acto de dar caridad Di-s salvó tu vida! Ojalá que practiques muchos más actos de bondad...”

Comentario:

Es cuando nos concentramos en nosotros mismos, tanto en momentos de alegría como -Di-s libre- de dolor, que olvidamos acerca de las necesidades de los demás. La hija de Rabí Akivá nos enseña que siempre debemos ser sensibles hacia los demás...

“Podemos existir temporalmente por lo que obtenemos, pero vivimos eternamente por lo que damos”.

 

Compromiso

Un grupo de expertos arquitectos se encontraban paseando en Londres. Cuando visitaron el “Big Ben”, uno de ellos preguntó: “¿Por qué el reloj está tan alto? Es demasiado incómodo. ¡Si estuviera en mi carro me sería muy difícil ver la hora!”

Uno de sus compañeros le explicó: “Años atrás, el reloj se encontraba a una altura mucho más baja, pero tuvo que ser modificado. Lo que sucedía era que, cuando alguien pasaba por allí, veía primero su propio reloj y luego el gran reloj. Al darse cuenta que la hora no concordaba, cambiaba las agujas del Big Ben, ajustándolo a la hora que indicaba su reloj. Eventualmente, luego de tantos ajustes el gran reloj se rompió”.

“Ahora”, concluyó el arquitecto, “cada uno debe ajustar su reloj conforme a lo ‘alto’, en lugar de ajustar lo ‘alto’ a lo que está ‘abajo’”.

 

Conciencia

Un pobre agricultor deseaba robar un poco de maíz del campo de su vecino por lo que tomó a su hijo menor para que lo resguardara. Antes de que el padre comenzara con su tarea, el hijo observó cuidadosamente a su alrededor para percatarse de que la costa estaba clara. Confiado, empezó a llenar su bolsa con exquisito maíz dorado cuando su hijo gritó: “¡Padre, alguien nos está viendo!” El padre, lleno de pánico tomó a su hijo de la mano y se escapó a toda prisa del campo.

Una vez que arribaron a territorio seguro, el padre se volteó a ver quién era el que casi los descubre. “¿Dónde hay allí alguien observando?” Preguntó el padre, pues no podía divisar a nadie.

“¡Di-s está observando!” Replicó el hijo.

El padre, turbado, tomó a su hijo de la mano y corrió a su casa.

El maíz robado quedó atrás, muy a lo lejos.

 "No pienses que puedes engañar a Di-s, ni tampoco a otras personas. Al único que puedes engañar es a ti mismo. Entonces, ¿cuál es el logro de engañar a un tonto?” – Rabí Shmuel de Lubavitch

Confidencia

Cierta vez un hombre y su hijo se encontraban viajando con su único burro. El padre montaba el burro y el hijo caminaba detrás de él. Al arribar a su primer destino, los habitantes de la ciudad los recibieron de una manera poco grata y con expresiones de burla.

“¿Es esto un padre?” decían. “¿Acaso un padre responsable montaría él el burro y dejaría a su hijo viajar a pie?”

Padre e hijo se sentían realmente avergonzados, pero prosiguieron su camino hacia la próxima ciudad. Antes de entrar cambiaron de puesto, esperando que esta vez la gente del pueblo los acogieran con mayor agrado. Sin embargo, los viajeros fueron de nuevo objeto de duras críticas. “¡Observa esta escena tan vergonzante! ¡Mira cómo este niño tan irrespetuoso monta en burro mientras que su anciano padre anda a pie!” Decían unos a otros. De modo que, bastante humillados, partieron también de aquella ciudad.

Antes de llegar a su próximo destino, el padre sugirió que ahora ambos montaran sobre el burro. Esto sin duda no daría lugar a insulto alguno.

Al acercarse a la ciudad, no obstante, la gente se aglomeró para ver la extraña escena.

“¡Vean a ese pobre burro!” exclamaban. “Apenas puede caminar bajo el peso de esos tontos viajeros. ¡En cualquier momento morirá!”

El padre y su hijo probaron suerte por última vez. La única opción parecía ser que ambos caminaran tras el burro. Hecho esto, ni bien entraron en la ciudad el burro pateó y salió corriendo. Los habitantes observaron con impresión lo ocurrido y estallaron en carcajadas. Ya sin esperanzas, y sin nada, los viajeros por fin entendieron que cualquier esfuerzo por complacer a otros nunca tendrá éxito.